Colaboración de Rosa María Rodríguez
Las políticas económicas y de globalización favorecen que un gran número de personas se desplacen a otros países, de una ciudad a otra y del campo a la ciudad. Esto provoca el surgimiento de nuevas formas de familias; familias que viven de un lado a otro, fragmentadas, sufriendo desventajas y también ventajas tanto para quienes se van como para quienes se quedan.
La migración de cualquier tipo produce entre los que se van y en los que se quedan una crisis, un duelo permanente ante la ruptura, la separación o arrancamiento; los miembros de la familia se llenan de miedos e incertidumbre.
Para el que se va implica una pérdida de su familia, sus redes, sus constumbres, su lengua, su tierra. Se enfrenta a lo desconocido con todo el estrés que eso ocasiona, desde cruzar la frontera, realizar un largo viaje que en ocasiones está lleno de peligros y aunque por lo general va a un lugar donde cuenta con algún conocido que lo pueda encaminar, apoyar, recibir en su casa o dar consejos para lograr una mejor adaptación, de todas formas representa un desafío.
¿Pero qué sucede con la pareja, hijos, padres, hermanos que se quedan?
De entrada tienen que reorganizarse de una manera distinta por la ausencia de quien migró. Lo más común es que sean las mujeres quienes permanecen al lado de los hijos y se vuelven jefes de familia, las encargadas de educar y de administrar el dinero que les mandan. Todo esto genera la angustia de encargarse sola de los hijos, pues muchas veces el dinero no llega con la frecuencia que se necesita y son ellas las que tienen que buscar la manera de obtener ingresos para cubrir necesidades.
Los que se quedan experimentan resentimientos, soledades y enojo. Sentimientos de los que no pueden hablar por la distancia o porque se considera que mencionarlos va a “empeorar” la situación tanto del migrante como de los que siguen juntos, cuando lo que sucede es que se cae en una negación de la realidad de pérdida que se vive y por lo general estos sentimientos se acumulan y se manifiestan cuando regresa temporalmente la persona amada.
El distanciamiento o la pérdida de quien se fue, crea una tensión constante y acumulativa que se ve incrementada por la presión social y en el caso de la esposa o madre por el rol de género. Se presenta un cansancio asociado con malestar cuya expresión de angustia son los sentimientos de culpa y hostilidad reprimida, que además en casos de la migración como se espera un retorno, los ajustes no siempre terminan de concretarse y en ocasiones la familia se queda atrapada, sin poder crecer promoviendo cambios más funcionales.
Es posible que los hijos de los migrantes manifiesten el sufrimiento por la partida del padre a través de trastornos del sueño, pesadillas, rebeldía o bajo rendimiento escolar, entre otras. Hay que considerar que la cotidianeidad de toda la familia cambia y los niños suelen ser más perceptivos a ello, aunque también hay que reconocer que cuando es el padre quien se va, la madre hace un gran esfuerzo para mantener siempre presente esa imagen de autoridad en los hijos, sobre todo cuando son menores.
Cuando crecen y ya en la adolescencia, es importante que cuenten con límites claros a pesar de la ausencia de uno de sus progenitores, pues eso les da la contención necesaria en ese momento de la vida.
Para cuidar a la familia de migrantes y que puedan convertirse en verdadera familias trasnacionales, es decir en aquellas que entre sus miembros se mantienen conexiones múltiples con sus países y familias de origen, es importante contar con figuras de apego sustitutas que suministren afecto y seguridad a los niños, figuras que pueden ser miembros de la familia extensa y que formen parte de una red de apoyo eficaz para la familia del migrante.
También es muy importante mantener la conexión a través de los medios de comunicación que incluyen un contacto visual como las videoconferencias. El envío de vídeos, fotos y regalos resultan un complemento fundamental de la comunicación telefónica o virtual.
De igual modo es primordial el incluir al migrante en las funciones de crianza a través de su participación en la toma de decisiones familiares, creando un espacio para la libre expresión de los miembros de la familia con el fin de fortalecer el vínculo afectivo en la distancia.
La migración conlleva una crisis que también significa oportunidad. Da la posibilidad de una vida mejor, pero se necesita luchar por mantener la identidad familiar para que la separación fortalezca a la familia en lugar de fragmentarla.


