El Apego en Nuestras Vidas

En colaboración con Rose-Marie Venegas Lafon

A mediados del siglo pasado, un psicólogo estadounidense llamado Harlow demostró que el apego es más indispensable para la vida que comer y beber: descubrió que los monos recién nacidos preferían acurrucarse a una madre sustituta de peluche que no daba leche que a una “madre” de metal, que sí daba leche, eligiendo el apapacho y la búsqueda de seguridad sobre su alimentación para su supervivencia.

Años después, otro psicólogo norteamericano, Spitz, confirmó la necesidad del afecto y de los vínculos emocionales entre el bebé y sus cuidadores para su supervivencia: los bebés en casa hogar, por más que recibieran los cuidados adecuados y fueran atendidos, tendían a deprimirse, dejando de llamar la atención, jugar e incluso alimentarse, pudiendo llegar incluso a fallecer. Spitz denominó a esta situación como la depresión anaclítica del neonato.

Apego, y por tanto afecto, son indispensables para la vida.

Así, Bowlby (psicólogo inglés) fue el primero en definir el apego como un fuerte lazo afectivo que desarrolla el niño hacia las personas que lo cuidan (familiares o no), para asegurar su supervivencia física y psicológica. Por ello, todo bebé tiene desde que nace un sistema de conductas de búsqueda y mantenimiento de proximidad con sus figuras de apego, tales como el llanto, la sonrisa, hacer “ojitos” o estirar los brazos para ser cargado en los más pequeños o bien llamar a su mamá, correr hacia su papá cuando llega a casa para acogerlo, abrazar a su abuelita, acurrucarse cerca de  su figura de apego en lo que ve la tele, etc. en los más grandecitos. 

A su vez los adultos que crían a un niño poseen cierta sensibilidad para interpretar las necesidades del bebé o niño y satisfacerlas. Para esto tienen que poder interpretarlas adecuadamente y eso ¡No es cosa fácil! Nada fácil… ¡Es todo un Arte! Este vínculo depende del talento del bebito para darse a entender y ser claro en lo que desea, pero también depende del talento de los padres para comprenderlo, adivinarlo o a veces hasta inventarse lo que necesita el niño porque no se sabe… y esto a su vez depende del estado de ánimo de cada quien: a más desesperado el niño, más se desesperan sus cuidadores y viceversa.

Incluso, ciertos estudios psicológicos demuestran que en la mayoría de los casos las madres (pasa lo mismo con padres, abuelas, tíos, etc.) no descifran adecuadamente la necesidad biológica del niño (hambre, cambio de pañal, dolor, etc.) y sin embargo el bebé se calma y alegra si su madre llega y lo cuida. Ese gesto de amor lo alivia al saber que cuenta con alguien que acudirá cuando se sienta mal, aunque le dé de comer cuando no tenga hambre, pero, lo hace con buena voluntad así que el bebé coopera y se toma su leche. Su madre sonríe y se siente satisfecha, se siente buena mamá porque sabe cómo cuidar bien a su niño y eso la anima para seguir en su labor de adivinanzas, tolerar los llantos, pataleos o reclamos cuando no adivina bien y seguir intentándolo día tras día.

La constancia de las respuestas de sus figuras de apego refuerza las conductas instintivas del bebé, que gracias a una adaptación mutua, constituye el primer patrón comunicativo: dudoso, incierto, lleno de confusiones y buenas intenciones.

De este primer molde se derivan nuestras habilidades para ser comprensivos con quienes nos rodean, tener la capacidad de ponernos en el lugar del otro para entenderlo, confiar o no en los demás y por tanto socializar, tener  amigos, enamorarnos y educar a nuestros propios hijos. Pero este molde puede ser un prototipo de seguridad y autonomía para la vida (apego seguro) o bien un modelo de inseguridad y desconfianza de los demás (apego inseguro), sin embargo es tan indispensable para vivir que más vale un apego inseguro que un desapego…

El apego constituye la base de seguridad y confianza que nos da el valor de atrevernos a explorar entornos y contextos desconocidos.

Para Bowlby, todo ser humano, niño o adulto, desarrolla dos sistemas de conductas: uno de apego y uno de exploración, de tal forma que si se activa uno, se desactiva el otro en la misma proporción. El sistema de apego mantiene la atención puesta en las figuras de apego (padres o pareja: ¿qué hacen?, ¿dónde están?, ¿cómo están?, …), mientras que las conductas exploratorias liberan la atención de la persona de las figuras de apego para poder orientarla hacia actividades de aprendizaje escolar y de trabajo, por ejemplo.

Las conductas de apego se activan cuando buscamos la proximidad y apapacho de nuestros seres queridos, familia, pareja, amigos, para compartir alegrías o penas, para buscar apoyo y consuelo, pero también, cuando tememos por nuestras figuras de apego, cuando están hospitalizadas, cuando sucede un temblor, cuando los padres se divorcian, cuando vivimos un duelo, una pérdida o cuando se sospecha una infidelidad por ejemplo.

Todas estas situaciones desactivan entonces las conductas de exploración y apertura al mundo en las que necesitamos atrevernos a perder el contacto con nuestras figuras de apego sabiendo que no por eso vamos a perderlas; podemos irnos a la escuela o al trabajo, sin temor de perder por ello a nuestra familia, pareja o amigos.

¡Todos tenemos apego! Pero, ¿Seguro? … ¿Inseguro? …. 

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