En colaboración con David Enrique Osnaya Ibarra
Hay ocasiones en la vida en que uno tiene la necesidad de hacer un alto y preguntarse ¿Quién soy? ¿Hacia dónde voy? ¿Para qué soy bueno? ¿Qué es lo que me anima a seguir adelante? ¿Por qué me siento a ratos con tanta insatisfacción y resentimiento? ¿En qué contribuyo a la felicidad de los demás? ¿Cuál es el sentido de mi vida?
Yo pasé por este camino tortuoso y difícil, que es una especie de itinerario privado y personal, lleno de inquietudes y cuestionamientos particulares, que todos tarde o temprano recorremos. Y descubrí que es una magnífica oportunidad para crecer.
Toda esta zozobra en realidad era causada por mi deseo de crecer como persona, como padre, como hijo y esposo. Me reclamaba la actitud pasiva y cómoda que había asumido, al ser solo un espectador que ve pasar las carencias humanas, los sufrimientos, la violencia social y cultural de nuestra sociedad. Me atormentaba ver a nuestra juventud con una severa falta de amor hacia ellos mismos, hacia sus padres y hermanos, destruidos por el consumo de drogas, atraídos por la delincuencia, la prostitución y la intolerancia transformada en violencia hacia los demás.
A partir de estas y muchas otras preguntas que me despertaban a ratos hasta en la noche, tuve que tomar una decisión. Después de pensarlo más de una vez, decidí que quiero contribuir a hacer de la nuestra una mejor sociedad. Y esto me llegó a dar un segundo paso: Tengo que empezar por mí mismo. Al reconocer mis limitaciones y mis cualidades, aunque parecieran pocas, decidí cambiar y compartir mis propias experiencias para ayudar a las personas que van en busca de una salida para sus sufrimientos.
Y llegué a otra conclusión interesante: Si yo he decidido comprometerme, es porque me he podido reconocer como persona, con dignidad, con sorpresa y con aceptación de mi mismo, como persona única e irrepetible a pesar de mis aciertos y desatinos. Y esto sólo se logra siendo honesto con uno mismo.
Creo que he podido dar un paso importante hacia el éxito de mi matrimonio, de mis hijos, de mi vida, porque he decidido invitar al Dios hecho hombre a entrar en mi corazón.
Trataré de olvidar mis rencores, mis odios y deseos de venganza, porque serían cosas inútiles que lo único que provocan son un cansancio emocional, físico, psicológico y espiritual, olvidándome del objetivo y sentido primordial de mi vida: Vivir en el amor, sembrar la paz y descansar con tranquilidad en la conciencia.
Es muy cierto, el Plan Maestro de Dios para cada uno de nosotros está bien definido, pero depende de nosotros descubrirlo, haciendo realmente un itinerario personal, en el que podamos descubrir cuál es el sentido de nuestra vida.


