En colaboración con Marta Esteve
A lo largo de la vida nos hemos encontrado con personas muy valiosas y que hemos admirado mucho. Son de esas personas que la han pasado muy mal, pues han tenido unos problemas muy difíciles y graves, incluso traumáticos, y sin embargo las hemos visto sonreír mucho y salir adelante. No son de esas personas que se les resbala y parece que ni siquiera están vivas; me refiero a aquellas que a pesar de la gravedad de sus circunstancias han salido adelante.
Pues de esto se trata la Resiliencia. Las crisis en la vida se convierten en un reto y en una oportunidad de crecimiento. ¿Como transformar situaciones de dolor, de dificultad, en oportunidades para salir adelante e incluso con valentía y fuerza?
Hoy en día las familias y la sociedad están completamente amenazadas por el estrés y las incertidumbres derivadas de la violencia, la desintegración y los grandes cambios económicos y sociales. Por eso, la necesidad de robustecer la resiliencia familiar es más urgente que nunca. Como familia debemos desarrollar la capacidad de adaptación de todos sus integrantes ante la adversidad y los desafíos de la vida.
Froma Walsh, la psicóloga norteamericana experta en resiliencia, nos dice que la clave para una familia resiliente depende de tres áreas básicas dentro del sistema familiar:
- El sistema de creencias familiares.
Lo que vamos aprendiendo de nuestros papás, nuestra cultura y la sociedad influyen en lo que creemos, pensamos, actuamos y elegimos. A esto se le llama el sistema de creencias familiares. ¿Qué creencias son las que nos van acompañando a través del tiempo?
- El significado de la crisis o adversidad. Tenemos una situación ajena y poco control ante ella, ¿nos ahogamos ante la situación y nos damos por vencidos? O ¿es un reto para nosotros y prueba de lucha?
- Mirada positiva, ¿representa una oportunidad de crecimiento, saco lo mejor de mi, y de la situación?
- La trascendencia y la espiritualidad ante el dolor y el sufrimiento nos ayuda a encontrar serenidad, buscando esperanza en esos momentos.
- La manera en cómo nos organizamos.
- Flexibilidad. ¿Cuánta capacidad de ser flexibles tenemos ante una situación? ¿Que tanto nos adaptamos a un cambio de planes si las cosas no salen como las planeábamos a la perfección? ¿Seguimos tratando a nuestro hijo adulto como un niño? ¿Nos adaptamos a la edad y etapa de los hijos? ¿O a nuestro hijo mayor, por ejemplo, le damos la responsabilidad de ser la mama de sus hermanos?
b) Capacidad de conectarnos o vincularnos. ¿Cuánta cercanía tenemos con nuestros hijos o nuestra pareja? Como papás, ¿Nos dedicamos a dar órdenes solamente? ¿Tengo muestras de cariño a mi pareja y a los hijos? ¿Siento lo que ellos sienten, sufro cuando ellos sufren?
- El proceso de comunicación.
- Claridad y honestidad. Por supuesto empieza con nosotros los padres siendo honestos, pues educamos con el ejemplo, las mentiritas blancas no deben existir en nuestra comunicación, la verdad ante todo.
- Promover el que podamos expresarnos abiertamente. Siempre respetándonos, sin miedo ni temor, sabiendo que no seremos juzgados por lo que digamos.
- Aceptación incondicional. Debemos estar seguros que en nuestro entorno familiar, aunque no estén de acuerdo con lo que digo o hago, jamás dejarán de aceptarme como persona.
- Resolución de conflictos y problemas colaborando todos. Somos un equipo, lo que le pasa a uno afecta a todos en casa.
Por otro lado, hemos escuchado muchas veces que una infancia infeliz determina el resto de nuestra vida. Pues ¡NO!, porque tenemos la libertad y la responsabilidad de salir de nuestros límites, de hacer las cosas y vivir de manera diferente; tenemos la opción de cambiar. La oportunidad de buscar nuevas posibilidades ante un problema ya es en sí un elemento positivo. Inclusive pedir ayuda profesional de un terapeuta capacitado es signo de resiliencia, pues el darse cuenta de que uno necesita apoyo es en sí una herramienta resiliente.


