Colaboración especial por la Mtra. Mariana Zeceña Procuna
Se acerca el Dia de las Madres. Todo el mes de mayo está enmarcado con desayunos entre las mamás agasajándose, festivales escolares, manualidades, muchas flores y en especial rosas y regalos. Por supuesto, no pueden faltar y escuchamos por enésima vez la canción de Denisse de Kalaffe o Timbiriche y nos siguen sensibilizando y sacando más de una lágrima. Se echa a andar la maquinaria de toda una mercadotecnia alrededor de esta festividad.
No me mal interpreten, todos estos festejos me gustan y desde que soy mamá los disfruto en grande y voy preparada con una buena dotación de kleenex para poder llorar a gusto y con todo el sentimiento en la misa de la escuela de mis hijos. Todas estas celebraciones y tradiciones, hablan de la parte hermosa de la maternidad y de este lazo de amor visible e invisible que nos une desde que nacemos y que perdura más allá de la muerte.
Sin embargo, en esta ocasión, me gustaría hablar de la parte de la maternidad que no es tan romántica y rosa. Con todo respeto y cariño puedo decir que, en ocasiones, “mi mamá me vuelve loca” y sin duda el ser mamá también “me ha vuelto loca” por momentos. Ojalá los hijos vinieran con algún tipo de manual, pero no y todas las experiencias son ensayo y error. Y para explicar esto, les voy a compartir algunos ejemplos del tipo de cosas que me desesperan en nuestra relación de madre e hija.
Mi mamá me llama por teléfono en los momentos más inadecuados e imprudentes: en la hora de la comida o si estoy trabajando o haciendo una siesta o a las 8 de la mañana en el único día que decido despertar tarde. Quisiera que no me importara tanto, pero su opinión me cala hasta el tuétano cuando me pide que use una faja para que me pueda ver en mi mejor versión y lo que yo siento, es que me está diciendo “gorda”. O cuando insiste en que me pinte los labios de rojo porque me vería más bonita y no con la cara lavada como según ella, es mi costumbre. Cuando me pide que le cante la canción de “Que Sepan Todos” a las 9 de la mañana mientras estoy en la fila del súper. O que se queje de su dolor de espalda durante días y después la vea bellísima en tacones y bailando.
He accedido con la mayor dosis de tolerancia y paciencia que he podido, a cada una de sus peticiones o llamadas. He respirado y ahora que lo veo, no son exigencias tan significativas o importantes. Me parece que en la actualidad, la mayoría vivimos la vida a un ritmo muy acelerado, siempre ocupados, y nos cuesta trabajo darnos la oportunidad de respirar y vivir estos momentos que podrían ser tan sencillos y, a la vez, tan ricos con nuestros seres queridos. En fin, somos seres humanos llenos de imperfecciones. Creo que lo que quisiera resaltar es que, es normal que nuestra relación con el ser que nos dio la vida y con quien convivimos tanto, esté cargada de amor y de romanticismo, y a la vez, coexistan sentimientos de frustración, desesperación e incluso resentimiento, dolor, enojo o tristeza. Todo puede coexistir y no demerita la complejidad y la importancia de este lazo.
Es parte de la vida, experimentar la riqueza de las relaciones y no solo la parte rosa o “bonita.” Mi mamá murió el 1º de Marzo. Extraño sus llamadas inoportunas y sus imprudencias. Extraño su forma de amarme y regañarme, cocinar o escucharla a pesar de mi prisa. Extraño mucho que me vuelva loca. Ahora comprendo y puedo ver desde otra perspectiva, que el lazo visible e invisible que nos une, es mucho más fuerte que todos esos sentimientos que coexisten en las relaciones humanas significativas. Mucho más fuerte y que trasciende la vida y trasciende la muerte también.
Muy feliz día de las Madres a todas las mamás que “nos vuelven locos.” A las mamás que están cerca de nosotros físicamente y a las que están cerca solo en nuestro corazón y nuestra memoria también.
Te quiero mucho mamita, feliz día de las madres y besos donde quiera que estés.


