En colaboración con Dulce María Fernández G.S.
Siempre es más fácil juzgar que ponerse en el lugar de los otros. E igual de fácil que juzgamos, condenamos. Esta costumbre es una forma de ser casi natural en toda persona, pero, si realmente nos pusiéramos en el lugar de los que son objeto de nuestro juicio ya sea porque sus actitudes y comportamientos nos molestan, o porque sus puntos de vista no son de nuestro agrado, o porque acaban de cometer un desatino, o porque forman parte de un grupo al que yo no pertenezco, otro gallo nos cantara, pues viviríamos mucho más en un entorno de paz.
¡Cuántos problemas interpersonales crecen en el ámbito familiar, laboral, y social por esa actitud de condena ante lo que no estoy de acuerdo, porque no me he dado la oportunidad de analizar! ¡Cuántos malos entendidos, distanciamiento y enemistades surgen porque somos intolerantes y prepotentes! ¡Cuántos problemas realmente serios a nivel social aparecen con consecuencias catastróficas, por el simple hecho de actuar bajo el calor del momento y muchas veces arengados e incitados por otros! ¡Y ni que decir cuántas rupturas de parejas, o entre hermanos, suegros y parientes políticos surgen por una situación irrelevante, pero que por falta de flexibilidad y comunicación, acaba siendo un gran problema!
Pero para ser flexible, hace falta tener criterios y saber reflexionar para relacionar nuestra vida cotidiana con ellos, como dice David Isaacs. Tenemos que saber cuáles son los criterios personales que rigen mi propia vida, verdades y valores inmutables por ser trascendentes, y cuáles son los aspectos de la vida opinables, provisionales. La persona flexible lo es porque ha aprendido de su propia experiencia y de la de los demás, y por eso trata de escuchar y observar antes de opinar. Sabe adaptar su comportamiento, con agilidad, a las circunstancias de cada persona o situación, sin dejar de ser fiel a sus convicciones y sin abandonar los criterios de actuación personal. Ser flexible no significa dejarse llevar. Es aprender a decir que sí o decir que no en el momento oportuno.
Por eso, ante una circunstancia familiar, de trabajo, social o personal, especialmente si es delicada por su contenido y en la que se pueden tener diferentes opiniones, no puedo ser intolerante ó inflexible porque en ocasiones hasta puede llegar la sangre al río, como sucede con los linchamientos, o riñas colectivas y familiares en la que nadie sale ganando. Pero tampoco puedo ser tan “tolerante” como para claudicar de mis convicciones.
Y en todas las ocasiones cuando la tentación a juzgar y condenar esté presente, muchas veces cegado por la pasión, la soberbia o el egoísmo, pensar ¡No me gustaría estar en su lugar, porque no quisiera terminar calumniado, despreciado, vejado o incluso hasta golpeado hasta la muerte, como ha pasado con otros!


