En colaboración con Ma. Dolores Fernández Morett
Pareciera que todos, por naturaleza, estamos capacitados para resolver cualquier evento que nos suceda, pero lo que hace que esto no sea así, es el contexto en el que lo vivimos, es decir, la situación emocional, espiritual, psicológica, social y económica en la que se presente. Esto hace que podamos o no enfrentar adecuadamente lo que vivimos.
Por ejemplo si nos despiden en nuestro trabajo, pero tenemos ahorros para un tiempo, y además somos jóvenes, la situación no será tan terrible de afrontar, pues hay los recursos necesarios para conseguir otro en un tiempo relativamente corto.
En cambio si alguien a quien le sucede esto mismo pierde su empleo en un momento de la vida en que está endeudado o ya tiene una edad más difícil para conseguir otro trabajo, la situación será de un manejo más complicado.
Tampoco será lo mismo para una persona que pierde a un ser querido por la muerte después de una larga enfermedad a alguien que la pierde por una muerte inesperada como un accidente automovilístico. No es lo mismo ni lo será jamás.
Sumado a las circunstancias de cómo ocurren los sucesos, está la historia personal de vida, es decir, cómo ha sido mi infancia, mi familia, qué he vivido, qué me ha faltado, qué me ha sobrado, etc. Por lo tanto, entre mi historia personal de vida y las circunstancias de mi vida, se encuentra mi capacidad de respuesta ante las circunstancias. Y esta capacidad de respuesta ante lo que voy viviendo, es lo que me hace requerir o no ayuda terapéutica.
Para lo cual es importante reconocer los 4 síntomas del duelo que suelen presentarse ante una pérdida:
- Ansiedad. Si bien los seres humanos vivimos de la mano de la ansiedad pues en los planes de Dios está el que no conozcamos el futuro, si es de esperar que “este no saber lo que sucederá” no nos atemorice y nos lleve al extremo de no dejarnos vivir en paz. Las pérdidas implican un desequilibrio en lo cotidiano y entonces se presenta la ansiedad.
- Frustración. Se expresa a través del enojo o la tristeza. Al encontrarnos ante una realidad, al perder algo, ó queremos llorar ó queremos gritar de coraje.
- Depresión. La pérdida suele provocar una depresión reactiva, es decir, la lógica reacción ante lo que se está perdiendo. Es sencillamente una respuesta de estímulo- reacción. Ante un hecho doloroso, existe una reacción doliente. Otro asunto será si la depresión que se cursa lleva ya más tiempo y no nos permite continuar por la vida adecuadamente. En este caso, e requiere supervisión por parte de un Psiquiatra.
- Culpa. En realidad la culpa es un gran absurdo pues es una emoción que no debería de ser; sin embargo, llega a dañar profundamente la vida de las personas, en este creer que nada ya será igual a antes de lo sucedido. En la mayoría de las ocasiones esta surge en el interior de la persona, lo que la hace una auto-culpa en donde su solución será a través de un auto – perdón.
Estas emociones muy probablemente ya las hemos experimentado en algún momento de nuestra vida, pero conocerlas y saber que son totalmente naturales, hará que tengamos un mayor autoconocimiento y las logremos manejar mejor en su momento, o bien, nos ayudará a darnos cuenta si en alguna de ellas continuamos atorados y no logramos salir.
Sin embargo, hay muchas ocasiones en las que la pérdida nos está quitando el sueño, no dejamos de pensar en ella, nos sentimos muy angustiados y no sabemos qué hacer para resolverlo, o necesitamos que alguien nos escuche.
Es el momento perfecto para pedir ayuda.
¿Qué tipo de ayuda será la necesaria?
Una ayuda adecuada será la de un terapeuta capacitado para el acompañamiento de los duelos. Concretamente un tanatólogo o tanatóloga, pues son personas entrenadas en el manejo del acompañamiento de las pérdidas
Está comprobado que hay una diferencia importante entre compartir el dolor de una pérdida con un profesional ó guardar el dolor para uno mismo y sentirse desesperanzado ante su resolución.
La persona que se decide a buscar ayuda, también deberá comprometerse a dedicarle, por lo menos, una hora a la semana a su terapia, en la cual irá exponiendo al terapeuta su sentir y al ir hablando lo que le aqueja, sentirá poco a poco que disminuye el peso de su duelo.
Hay que recordar que “No cura la terapia, no cura el terapeuta, cura la relación terapéutica”. Es el habla del paciente y la escucha del terapeuta, lo que permite que se vayan organizando las ideas y las emociones para “sanar” emocionalmente, y al sanar, la persona vuelve de nuevo a encontrarse en mejores condiciones para continuar viviendo.
Esto no quiere decir que siempre que tengamos una pérdida requeriremos de una terapia, pues las pérdidas son diferentes por la manera en que suceden y por el dolor que nos causan. Lo cierto es que si dejamos pérdidas sin resolver, es probable que al presentarse otra, se complique más la resolución por que viene a ser la sumatoria de la primera más la segunda.
“No es fuerte el que no necesita ayuda, sino el que tiene el valor de pedirla cuando la necesita”


