En colaboración con Dulce María Fernández G.S
La migración no es un fenómeno nuevo en la historia de la humanidad. Sin embargo si es un realidad que hoy afecta a millones en el mundo, tanto de personas que buscan un futuro mejor que el que podrían tener en su lugar de origen y que emigran ya sea a las grandes ciudades ó a países lejanos a su tierra en distancia, cultura, costumbres e idioma, como personas que migran dentro de su propio país ó a países cercanos orillados por persecuciones religiosas, políticas, étnicas, guerras civiles ó guerras invasoras. Estas últimas terminan guareciéndose en campos de refugiados con un destino muy limitado y bajo condiciones en la mayoría de las veces infrahumanas.
Sabemos de muchos de esos dramas por los medios de comunicación, pero generalmente no nos detenemos a pensar que esto que nos suena tan lejano, es una realidad que nos toca muy de cerca: miles de nuestros compatriotas la viven a diario.
Y si no, analicemos si la mayoría de los que hoy vivimos en esta gran urbe somos nacidos desde hace muchas generaciones en esta ciudad que ahora es nuestra casa. Encontraremos que hay una bella a la vez que dolorosa historia de migración en nuestras familias. Muchas de ellas tienen sus orígenes en otros estados y rincones de nuestra patria, y algunas otras hasta más allá de nuestras fronteras.
Y la historia es bella, porque fue gracias a las manos amorosas y caritativas de los que los acogieron, que pudieron afincarse por fin con paz y tranquilidad, y aunque el trabajo fue arduo, encontraron que este era el lugar con que habían soñado y por el que habían luchado para poder fundar una familia. Y valió la pena porque aportaron todo lo que sabían a favor de su nuevo hogar.
Pero la historia también es dolorosa, porque si nos cuentan con todo detalle las penurias por las que tuvieron que pasar, el hambre, el desconocimiento del medio, la falta de familiares y amigos, la pena por dejar a los suyos atrás, el llegar a tocar puertas para encontrar trabajo, alimento y reposo, hasta el recuerdo un poco melancólico de las fiestas de su tierra, sus sabores y tradiciones, tenemos que reconocer que esa etapa no fue lo sencilla que podría uno imaginarse.
Al oír los relatos de los migrantes, que son muy aleccionadores para todos, seguramente nos podremos preguntar ¿y si yo fuera uno de ellos? Si a mí me tocara tener que salir de mi medio para sobrevivir, ¿tendría el valor de soportar las inclemencias del tiempo, la falta de agua y alimento, el largo camino que tienen que recorrer, las humillaciones, las persecuciones, las amenazas, las extorsiones y hasta el peligro de perder la vida? Y también debo reflexionar, ¿Y si a mis hijos les tocara migrar? ¡Por supuesto que no me gustaría que encontraran gente indiferente y hostil, que los ignorara y hasta los maltratara!
Pues por eso mismo, tenemos que ver en cada una de las personas que buscan ayuda al internarse en nuestra ciudad o en nuestro país, no a un desconocido, sino a un necesitado; no a un inoportuno, sino a alguien que me está pidiendo ayuda porque no tiene a quien acudir; no a un migrante, sino a un hermano que anhela desde el fondo de su corazón, recibir de mí una mano afectuosa y caritativa, como la que encontraron muchísimos en nuestras familias.
Contribuiríamos con nuestro grano de arena a mejorar el mundo si imitáramos a las famosas mujeres de un pueblo cerca de Orizaba por el que pasa el tren, en el estado de Veracruz, a las que en el mundo se les reconoce como “Las Patronas”, y que son famosas por su ayuda desinteresada e inteligente a favor de los migrantes. Y si por casualidad nos topamos con algún migrante en nuestro entorno, por favor nunca dejar de preguntarnos ¿Y si fuera yo uno de ellos?


