Autolesiones

En colaboración con Verónica Alcántara

Actualmente existen diversas prácticas entre los jóvenes que les permiten expresar sus emociones, afrontar sus problemáticas. Dentro de estas prácticas se encuentran las autolesiones, consideradas por la Organización Mundial de la Salud como una forma de violencia dirigida contra uno mismo. Una definición dada por especialistas en el tema considera a la autolesión como una conducta que intenta alterar un estado de ánimo al infligir daño físico como el cortarse, quemarse, golpearse, arrancarse el cabello, morderse, etc. actos que provocan daño y que suelen dejar cicatrices. 

Si bien son diversas las maneras de lesionarse, se acota el tema a la conducta de cortarse, por ser una de las más comunes entre los jóvenes. Esta práctica es llamada en algunos grupos como “rayado de brazos”, por parecer justo un rayado sólo que en vez de tinta utilizan una pequeña navaja como la del sacapuntas o las de afeitar. Y no sólo es en los brazos, sino en diferentes partes del cuerpo y la mayoría de las veces quedan ocultas a simple vista.

Pero ¿Qué duele tanto como para llevar a cabo esta autolesión? ¿Cómo se mira a un joven que hace estas prácticas? ¿Cómo se evalúan las familias y especialmente los padres cuando uno de los hijos confronta con esta conducta? Surgen muchas preguntas cuando se ve a un joven o una joven con los brazos cicatrizados producto de las cortadas que se hacen. La gama de emociones que justo en la adolescencia se viven con gran intensidad, los dilemas a los que se enfrentan en la cotidianidad, la invitación de otros para pertenecer, pueden ser algunas de las posibles causas que disparen esta conducta, y que puede convertirse en una forma de enfrentamiento. 

Las autolesiones son una manifestación que espanta, duele, estigmatiza… y quienes las llevan acabo pueden ser considerados como locos, pero no es así. La familia puede vivirla con igual intensidad, pues no resulta sencillo encontrar ropa manchada de sangre como las sábanas, los pantalones y comienzan a tomar una postura de castigo y recriminación hacia ellos mismos y hacia el o la joven,  pensando que su desempeño como padres no solo no es adecuado sino lo contrario, poniéndolos en un terreno de incertidumbre que puede llevarles a altos niveles de ansiedad, tristeza y desesperación. 

Resulta al menos un tanto tranquilizador conocer que esta práctica no tiene como objetivo el suicidio, sino como ya se ha comentado, es una manera de enfrentar las problemáticas, pero es una manera que pone en juego la salud y bienestar de los individuos. De ahí la importancia de saber que existen otras formas para enfrentar el estrés, el manejo de emociones, y la toma de decisiones. Vivir esta situación no resulta sencillo; es importante comprender que quien se corta no lo hace para llamar la atención, pues intenta mantenerlo oculto, además resulta vergonzoso hablar de las lesiones. Pese a la complejidad de la situación es importante mantener una postura que no enjuicie. Es primordial saber que las cortadas necesitan cuidarse, limpiarse y de ser necesario asistir a un médico. Pese a la vergüenza que pueda sentirse, trate de no juzgarse. 

Tanto para los jóvenes como para los adultos, el primer paso para detener esta conducta es hablar de ella. Esto es el paso más difícil, pues implica preguntarse ¿qué estoy sintiendo? ¿Enojo?, ¿tristeza?, ¿desesperanza?, y pensar en acciones que correspondan a estas emociones, como llorar si estás triste, gritar si estás enojado, etc. Tal vez sean varios los intentos antes de parar esta conducta, pues el pensamiento es recurrente, tanto que lo vuelve un hábito; pero como todo hábito puede ser modificado. 

Recuerde que no tiene que vivir solo esta experiencia, que hay una manera distinta de vivir y se puede aprender; hay muchas personas que no pueden comprender las autolesiones, pero evitando los juicios se logra una mayor apertura

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