En colaboración con Rose-Marie Venegas Lafon
El apego o búsqueda de proximidad del bebé hacia quien lo cría en los momentos de inseguridad para tranquilizarse evoluciona al paso de los años y se extiende hacia otras personas, tales como familiares y en la escuela, con niños y maestros. Durante toda la infancia, los padres son, por lo general, o quienes cuiden mayormente al niño, sus principales figuras de apego.
Pero llega la adolescencia y toda da vueltas…
Los padres progresivamente dejan de ser la figura de apego del joven y la pareja pasa a tomar ese lugar, destronando a sus “suegros”, por lo que este proceso no se da sin conflictos o sin “chipiles”.
Sin embargo, como señalamos anteriormente, el apego permite al bebé desarrollar un patrón para relacionarse el resto de su vida, sea con amigos o en una relación de pareja, así como transmitirlo a sus propios hijos posteriormente. Es decir que el apego se mantiene a lo largo de la vida para la mayor parte de nosotros. Sin embargo, algunas veces, un bebé seguro puede crecer y convertirse en un adulto inseguro a raíz de experiencias de pérdidas repetidas por ejemplo, así como un bebé inseguro puede crecer y llegar a ser un adulto seguro al encontrarse con nuevas figuras de apego que le brinden seguridad y afecto (abuelos, maestros, o por adopción, o como resultado de una terapia).
¿De qué nos sirve el apego en la vida adulta?
El apego nos permite desarrollar mapas cognitivos que nos sirven de esquemas o guiones de nosotros mismos y del mundo que nos rodea, permitiéndonos anticipar las reacciones de nuestro entorno y adaptarnos a ellas. Estos modelos internos operantes (Bolwby) hacen posible la organización de las vivencias y de las experiencias personales, de los aprendizajes cognitivos, así como nuestra capacidad para relacionarnos. En ese sentido, como adultos, no siempre buscamos el apego en términos de apapacho y contacto físico, sino que tenemos un estado de la mente respecto del apego que nos lleva a ser personas seguras y autónomas o bien inseguras preocupadas y ansiosas, o bien inseguras descartantes o menospreciantes de los afectos. En casos traumáticos o de duelo no resuelto también se dan estados de la mente no resueltos o desorganizados.
¿Cómo es el estado de la mente en relación al apego en la vida adulta?
Los adultos con un estado de la mente autónomo son personas capaces de recordar su infancia sin adornarla de más, admitiendo los buenos y malos recuerdos, pudiendo analizar el pasado y considerarlo diferentemente desde una perspectiva adulta. Tienden a ser más asertivos en sus decisiones, confían lo suficientemente en el otro como para poder ponerle límites cuando algo no les parece correcto, sin temor a la pérdida pero también pueden pedir ayuda cuando se sienten angustiados. Por lo anterior, suelen ser más cálidos y estables en sus relaciones y más coherentes respecto de sí mismos. Este estado de la mente no siempre refleja una infancia amorosa y grata, puede darse también en situaciones dolorosas o complejas, siempre y cuando el niño logre integrar todas estas experiencias sin distorsionarlas, ni vivir con temores permanentes a ser abandonados o desconfiando siempre de los demás.
En el caso de las personas con un estado de la mente descartante se muestran desinteresadas y desapegadas con quienes los rodean. Por lo general, no recuerdan su infancia o tienden a banalizar sus recuerdos por dolorosos que sean, o bien, idealizan a sus padres sin recuerdos específicos que acompañen esas imágenes felices como si fueran imágenes estereotipadas defensivas para evitar recordar su realidad. En la mayoría de los casos, no se permiten pedir ayuda en los momentos difíciles, quieren verse siempre fuertes y capaces de resolverlo todo solos porque desconfían de los demás. Se muestran híper-independientes. Evitan los vínculos o bien establecen muchos vínculos superficiales, es decir que no tienen amigos o pareja, o bien se llevan con todos y cambian de pareja constantemente o tienen varias parejas a la vez, para así impedir relacionarse de forma estrecha con una persona. Lo anterior demuestra que tienen mucha inseguridad y mucho miedo a la intimidad emocional: temen tanto perder al otro que prefieren no depender de nadie, aunque sea al costo de quedarse solos.
En cambio, las personas con apego ansioso o preocupado tienden a mostrarse confusas en sus recuerdos, dando exceso de detalles o mezclándolos con situaciones presentes, o bien, se notan enganchadas en los enojos del pasado trayéndolos al presente. Estas personas tienden a mostrarse muy dependientes, incluso “muéganos”. No confían en su capacidad de mantener una relación por lo que celan sus relaciones y se muestran muy posesivos. No saben expresar adecuadamente sus emociones y pueden estallar con facilidad en las situaciones que les evocan el rechazo o la separación, reclamando cariño y afectos con enojo o rechazándolos al mismo tiempo.


