La Familia Ante la Espera de la Muerte de un Ser Querido

En colaboración con Pilar Lozano Molina

Cuando yo era estudiante, en mis clases de biología me enseñaban que la vida era en un proceso, en donde los seres vivos nacían, crecían, se reproducían y morían. Eso lo tiene uno claro en los seres vivos lejanos a uno, pero no en los cercanos, ni en la propia vida. Sin embargo, eso que aprendí en mis clases, asi es. Todos nacemos, crecemos, algunos, la mayoría se reproducen y todos moriremos. 

¿Por qué es tan difícil de aceptar este proceso que es tan natural? Porque el instinto a la vida es algo muy fuerte, así nos hizo Dios, con el fin de que sobrevivamos y que la especie no muera. Además estamos hechos para la vida, para no morir, queremos trascender, el que todo acabe se nos hace un absurdo, va contra nuestra propia naturaleza. 

Por otro lado, vivimos en una sociedad sumamente materialista, donde todo lo que cuenta es lo que se ve, se palpa y también muy hedonista, lo único importante es pasársela bien, el placer, aunado a la crisis de fe en la Iglesia que vivimos.

Con el avance de la ciencia, el promedio de vida ha crecido mucho, actualmente, oímos de personas que llegan a la década de los ochentas y noventas fácilmente. ¿Pero qué sucede?

Por un lado, el desgaste de la vida cobra su factura en la salud tanto física como mental de las personas, por ello el cuidado de las personas mayores requiere más tiempo, dinero y esfuerzo. Esto va llevando al desgaste de todos los que rodean al adulto mayor. Empiezan a venir roces entre los familiares, por maneras de ver las cosas distintas, no que unos sean mejores y las otras peores, simplemente son diferentes. Unos dan prioridad a algunos aspectos y otros a los demás.

Por otro lado, el desprendimiento siempre es difícil, nunca se está lo suficientemente preparado. ¿Qué es lo importante hoy en día? ¿Qué tiene valor? ¿Quiénes son las personas exitosas? Las personas jóvenes, ricas, delgadas, guapas, sanas, etc. Todo lo demás no tiene cabida en la vida del hombre, el sufrimiento, el dolor, la enfermedad, la pobreza, hay que hacerla a un lado; y se llega a la idea tan descabellada, que si no se piensa en el dolor, la muerte, la enfermedad, entonces no va a existir. ¡Caemos en una ceguera emocional!

Sin embargo, cuando la muerte se encara de una forma realista, en primer lugar como un fenómeno natural que existe, como el nacimiento, y todos los procesos de la vida, empieza a perder ese miedo tan terrible. En segundo lugar, cuando se tiene fe, se ve la muerte como un nacimiento. Elizabeth Kübler-Ross nos habla de la muerte, con la imagen de un capullo de mariposa, que cuando la mariposa está lista para salir, se desprende del capullo, como una analogía del desprendimiento de nuestro cuerpo material.

A la luz de la fe es el nacimiento a la verdadera vida, como si el vivir en esta tierra fuera como el tiempo en el seno materno, y el parto el nacimiento a la Vida. Y lo pongo con mayúscula ya que es la Vida que Jesús mismo nos da con su Resurrección. Vida en la que no habrá más llanto, ni muerte, ni sufrimiento.

Lo curioso es que a pesar de que los creyentes en Cristo Resucitado, creemos en esto, sin embargo al llegar el momento de que sabemos que alguien de nuestros seres queridos se encuentra cerca de este nacimiento a la vida eterna, no nos atrevemos a hablar de ello, como si el hablar de ello hiciera que se acelera el proceso.  Entonces nos privamos de poder compartir con la persona que amamos, nuestro agradecimiento, cariño, decir cuánto lo queremos, preguntar que quisieran que hiciéramos, etc. Y privamos a la persona próxima a morir de la oportunidad de poder despedirse, comunicar cosas importantes, platicar de sus miedos, de sus alegrías. De poder llorar juntos, como seres terrenos  lo que nos duele el desprendimiento, la muerte cercana. Esto une a los familiares que se quedan y da esperanza al que está próximo a partir.

Por ello los invito a todos a empezar a ver la muerte de forma realista, de forma trascendente, y por ende poder hablar del tema de la muerte de forma natural y como creyentes a la luz de la fe. El hacerlo libera tanto a los familiares como a la persona agonizante de muchas cargas, y hace que juntos puedan fortalecerse en la fe, en el amor y sobre todo en la esperanza, de que en esta vida todos estamos de paso de camino a la casa del Padre.

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