En colaboración con Ma. Dolores Fernández Morett
Cuando una persona muere, implica que desde ese momento está en una dimensión inalcanzable e incomprensible para los que aún vivimos, ya que a nuestro alrededor todo lo vemos, y el mundo es de nuestro dominio: en él estamos todos los días. Por lo mismo, el difunto ahora pertenece a un mundo que nos es totalmente ajeno, pues ninguno de los vivos hemos ido para allá.
El paso de este mundo terreno al mundo del más allá, el mundo de los muertos, el cielo, etc. nos resulta tan ajeno que nos impone un cierto miedo y respeto, pues no sabemos la manera en que nos tocará a cada uno vivirlo. Ellos ya lo superaron y lo lograron y esto nos hace recordarlos en ocasiones hasta idealizándolos y nos genera un sentimiento de admiración por lo que ya vivieron. La manera en que lo vivieron, también nos dará una percepción diferente, en cada caso, de su experiencia de morir.
Por otro lado, cuando una persona muere, se mueven en nosotros muchos sentimientos e ideas en relación al suceso y a su historia personal. Cuestionamos si habrá presentido que iba a morir, qué habrá sentido antes de morir, qué habrá pensado, si se fue en paz o no, si estaba preparado, etc.
El final de la vida nos plantea la posibilidad de llegar con una gran satisfacción por lo vivido, o un anhelo urgente ya por morir, o una sensación de asuntos pendientes y circunstancias por vivir, o mucho miedo y dolor, etc. La realidad es que el momento de la muerte es un evento que lleva implícito el desconocimiento de su llegada, ya que nadie conoce ni el día ni la hora.
Pensemos por un momento en el hecho de que así como entregan a nuestros padres un acta de nacimiento al inicio de nuestra vida, les entregaran también el acta de defunción ese mismo día, es decir, imaginar que desde el inicio de nuestra vida estuviera ya predestinado el final de la misma. ¿Cómo viviríamos la vida?
Los primeros años del individuo ni enterado estaría de esos documentos, pero con el paso del tiempo probablemente los observara y los haría conscientes, y ya cercano el final de su vida, no viviría ya en paz pensando que cada día significaría un día menos de vida, y le entraría una gran prisa por vivir lo faltante.
¡Qué ironía! Esto lo sabemos todos los días, que no sabemos ni el día ni la hora, ¡y no actuamos en consecuencia! Pareciera que no sabemos que cada día tenemos uno menos de vida, y que la vida no es un juego sino un deber. Hay que aprovechar de la mejor manera posible las horas de cada día y optimizar el tiempo diariamente, logrando así una gran satisfacción por el tiempo vivido y por lo tanto, disminuyendo la frustración por el tiempo perdido.
Ojalá que la vida y la muerte nos encuentren siempre lo mejor preparados posible, con una maleta previamente llena de todo lo necesario para iniciar el viaje eterno; viaje que representará la culminación de lo vivido, del que no hay regreso, y el cual habrá que festejar eternamente pues nos llevará como promesa básica, al retorno de la casa del Padre, lugar del que salimos para iniciar la vida, y lugar al que debemos volver dada nuestra naturaleza eterna.
Todas estas reflexiones son útiles, pero lo verdaderamente importante es cómo estamos viviendo la vida, disfrutándola, optimizándola, y preparando nuestro viaje empacando una maravillosa maleta llena de cosas importantes. ¿Qué convendría llevar en esa maleta?
- Amores. Una lista interminable de las personas amadas, con quienes compartimos, reímos, lloramos, comimos, viajamos, pero sobre todo, en quienes dejamos una huella con nuestro paso por la vida y nuestro amor por ellos.
- Perdones. Relación de situaciones vividas que nos llevaron a ofender y dañar a las personas con quienes nos cruzamos por la vida y a quienes les pedimos perdón por nuestras ofensas y aquellas a quienes abrimos nuestro corazón para dar el perdón por el daño que nos causaron.
- Gratitudes. El gran número de ocasiones en que dijimos “gracias” ante tantos dones recibidos y tantas cosas que nos llenaron el corazón de felicidad y que es urgente agradecer antes que todo.
Estos elementos son indispensables de meter en esta maleta que debemos estar preparando día a día desde hace años, y en la cual tenemos que continuar trabajando metiendo lo útil y sacando lo inútil, para estar listos para ese viaje eterno y maravilloso llamado “el retorno a la vida eterna”.


