En colaboración con Mariana Díaz
Estas son las dos preguntas más frecuentes con las que se topa una persona cuando es “migrante”.
La definición de migración es aquel movimiento de población en el cual el traslado se realiza de un país a otro o de una región a otra lo suficientemente distinta y distante, por un tiempo suficientemente prolongado como para que implique “vivir” en otro país y desarrollar en él las actividades de la vida cotidiana. (Grimberg, 1984)
Se ha hablado de la migración siempre desde puntos de vista económicos, políticos y sociales. Sin embargo, los que lo viven, aquellos quienes llamándose “migrantes” están tan lejos de su familia, sus costumbres, sus rincones, sus paisajes y la tierra que los vio nacer, aunque se preocupan por el tema político debido a su situación legal y viven a diario el tema económico, es su psique y sus emociones con las que conviven día a día a lo que menos atención le prestan, porque representa la menor de sus prioridades, cuando lo que intentan es sobrevivir cubriendo las necesidades básicas.
Para los que tienen la fortuna de no necesitar moverse de su país de origen y salir a buscar opciones nuevas, los “migrantes” representan solamente otro sector de la población. Personas que carentes de oportunidades económicas en sus países, motivados por el deseo de terminar con el hambre de sus familias o cambiar el rumbo de sus destinos deciden comenzar de nuevo en algún otro país. Se difunden noticias terribles en la radio, el periódico y la televisión, pero para la mayoría de nosotros, la migración sigue simplemente siendo un tema ajeno a nuestras preocupaciones.
Sin embargo ser “migrante” es mucho más que noticias y datos estadísticos. Estamos hablando del valor y la dignidad de una persona. Es renuncia, es decisión, es determinación, es valentía, es no mirar atrás y no descansar hasta que “los sueños” se vuelvan realidad, aunque muchos tengan que morir en el intento.
Para muchas de las familias y amigos de quienes se van a emprender esa hazaña, la migración también representa renuncia y valentía, pues las dinámicas de la familia y la comunidad de origen cambian y desde el momento de la decisión se deberá aprender a vivir con una ausencia, no más con una presencia.
Ser “migrante” y estar lejos de casa implica fortaleza de espíritu y fe cumpliendo con nuestro destino, confiando en que todo saldrá mejor. Muchos de nosotros podríamos pensar que el reto está en cruzar fronteras, ríos u océanos. Sin embargo, el verdadero reto es no romperse cuando el camino se ha empezado, dejar de ver hacia atrás para planear el presente y el futuro, dejar de pensar en las ausencias y vivir el momento reafirmando las decisiones que hemos tomado; cambiar la comida, aprender otro idioma, entablar nuevas relaciones familiares y sociales, adaptarnos al clima y a otras costumbres y darnos cuenta que desde ese momento, nuestra nacionalidad se volverá más distintiva que nuestro nombre.
Hay un fenómeno que explica las emociones que le ocurren al “migrante” una vez que se encuentra en otra parte lejos de casa, mientras se habitúa a su nuevo estilo de vida. Este fenómeno es llamado “duelo migratorio” o “Síndrome de Ulises”, y es según Tizón (1993) un complejo proceso de reorganización de la personalidad al que debe hacer frente el ser humano para adaptarse al cambio migratorio.
Se asegura que pocas circunstancias en la vida de los individuos, los ponen tan a prueba como lo hace la migración. El “migrante” debe afrontar toda clase de retos, desde adaptarse a su nueva sociedad hasta apelar a su flexibilidad e inteligencia emocional para afrontar la pérdida simultánea de muchos objetos importantes.
El individuo debe volver a hacerse de “un lugar” en su nueva comunidad, recrear o construirse un estatus social deseado o parecido al que tenía en su país de origen porque él o ella hasta ese momento son anónimos para la sociedad, lo cual genera conflictos e inseguridades internas.
La duda de si se ha tomado la decisión correcta o no es latente. Todas aquellas inseguridades y sombras que han acechado a la persona durante años, pueden hacerse presentes en esta etapa de adaptación. En condiciones desfavorables de ilegalidad, racismo o marginación, este duelo puede volverse crónico, lo cual puede llevar a otros trastornos psicológicos y al sentimiento de desesperanza.
Sin embargo, sí hay algo que puntualizar: muchas veces el “duelo migratorio” es un duelo temporal, porque el individuo sabe que su país de origen no se va, y aunque las condiciones cambien, él siempre puede volver. Tal vez muchas cosas serán diferentes, incluso a nivel interno. El que se va no regresa igual porque se convierte en un ser más fuerte, que ha vencido barreras y cruzado fronteras incluso dentro de si mismo. La vida le da menos miedo porque sabe que “puede ser posible”, pero sobre todo es su identidad la que se ve reafirmada.
Para los migrantes es importante saber que esta etapa es un proceso donde será puesto a prueba lo mejor y lo peor de sí mismos, pero que tendrá como resultado la demostración de su carácter, afirmación de quienes son y la sensación de haber ampliado su mundo.
Para los que quedan en espera de un regreso, su misión es apoyar a sus familiares y amigos haciéndoles saber que la distancia no representa un impedimento para sentirse cerca y trabajar los sentimientos de abandono que puedan surgir.
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REFERENCIAS:
Grimberg, L. (1996) Migración y Exilio. Madrid, España,Ed. Biblioteca Nueva
Tizón J. (1993), Migraciones y Salud Mental. Barcelona, España Ed. Promociones y Publicaciones Universitarias


