Invadidos por el Miedo

En colaboración con Lic. Verónica Alcántara

Cómo sabemos el miedo es una emoción que ha acompañado al ser humano a lo largo de su historia. Surge frente a una amenaza o peligro del bienestar personal y comunitario. El miedo permite actuar con cautela, tomar medidas preventivas y en caso de ser necesario huir. Pero, ¿qué sucede cuando el miedo es desbordante e invade de tal forma que paraliza?

Las crisis de pánico o ataques de pánico surgen de manera inesperada, pueden presentarse como un acontecimiento único o convertirse en eventos repetidos de hasta dos o tres por semana.  Su aparición es tan inesperada y sin una causa aparente que cuando se ha vivido un ataque de éstos, se le suma el temor de una nueva crisis que lleva a un círculo vicioso: temor al ataque- ataque- temor.  Los síntomas que se presentan son tan intensos que propician y alimentan ese círculo: 

Una serie de palpitaciones que se viven como si el corazón quisiera salirse, es decir se acelera la frecuencia cardiaca, se presenta sudoración excesiva, algunas personas dicen “estoy sudando frío”, opresión en el pecho produciendo una sensación de no poder respirar, mareos, náuseas, percibir un hormigueo en brazos o piernas, una extraña sensación de estar separado de sí mismo, de no estar en la realidad. A estos síntomas se suman el miedo a perder el control o a volverse loco.   Estos síntomas alcanzan su tope en un lapso aproximado de 10 minutos. La gran mayoría de las personas que padecen estas crisis se ven invadidas por miedo a sufrir un infarto y morir; de perder el control de su vida, pues la conducta se ve modificada dejando de hacer las actividades normales por el miedo a que algo terrible sucederá, que pueden ir desde no querer usar transporte público por que se piensa que cada que acelera va a chocar, hasta dejar de salir de casa considerando que es el único lugar seguro.  

Los familiares cercanos viven estos ataques con preocupación, desesperación y tal vez con la idea de que sí está enloqueciendo, que está exagerando, que nadie pierde así el control, etc. Es difícil comprenderlo cuando no se ha vivido pues lo que para algunos es terrorífico para otros no lo es. La incomprensión no esta basada en el desamor pero puede convertirse en una crítica permanente por no saber que hacer cuando le sucede a un ser querido. Si los familiares caen en el terreno de la incomprensión, por un lado se aumenta la sensación de ineficacia y descontrol de quien vive las crisis de pánico, por otro, la desesperación de los familiares y la impotencia va en aumento, desgastando las relaciones.

Es importante saber que estas crisis no son necesariamente el resultado de consumir drogas o alcohol, de tener algún padecimiento mental, de un nivel excesivo de estrés, o de debilidad; simplemente se presentan, y desafortunadamente es más común de lo que se cree. La Organización Mundial de la Salud en un estudio en 2009, ofreció datos proyectivos afirmando que una de cada veinte personas sufrirá un ataque de pánico en su vida.

Si por primera vez se presenta un episodio de estos, es importante acudir a un médico y descartar algún padecimiento físico; si, por el contrario, se sabe que es un ataque de pánico, el reconocer y nombrarlo como tal permite dar pauta a pensar que no es un infarto, que el desenlace no será la muerte. Tomar el tiempo que suele durar la crisis permite saber que esos síntomas son transitorios y al respirar de manera profunda comienza a disminuir la frecuencia cardíaca.  

Además de cuidar la alimentación, disminuyendo la cafeína que funciona como estimulante al sistema nervioso, es importante recibir el tratamiento y entrenamiento adecuados lo que ayudará a: manejar estas crisis, dejando de sentir ese miedo invasor y aplastante tanto a las crisis mismas, como a conversaciones, lugares, eventos que se relacionan con las ideas de miedo, etc. Una atención pronta permitirá continuar con las actividades que se solían hacer, recuperando poco a poco la autonomía y el control de nuestra propia vida.

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