En colaboración con Maribel Ordoñez de Pérez Cervantes
¡Como ha pasado el tiempo! me dije un día que toda la familia estaba reunida viendo fotos de mi boda, riendo de la moda y los peinados. Me di cuenta de que como decía mi abuela: “Como te ves me vi y como me ves te verás”. Vi mi infancia y mi juventud pasar como de rayo, el noviazgo, la boda, los nacimientos, las bodas de mis hijos y ahora..… ¡yo soy la abuela!
Una de las mejores cosas que me pudieron pasar en la vida fue la gran fortuna de haber disfrutado de la mejor abuela del mundo. Me acuerdo que a sus 58 años ya era una abuelita de cuento o de las canciones de CriCri: una anciana de pelo blanco, con su eterno delantal, pero fuerte de cuerpo y espíritu a pesar de las penas pasadas desde su juventud y con una sabiduría que le había dado no los estudios, sino la vida.
El formar una familia no fue fácil, y vivió situaciones que la ayudaron a madurar aún más. La situación económica no siempre fue buena, el carácter del abuelo no ayudaba mucho a la educación de los hijos y hubo momentos de grandes tormentas donde sólo un carácter recio y formado, pero sobre todo lleno de amor, la ayudaron a sacar adelante a su familia.
¡Cómo disfrute de su compañía! Era una delicia cuando se iba a nuestra casa a cuidarnos. Pero es hasta ahora que yo también soy abuela que valoro todas las cosas aprendidas de ella, todo el amor incondicional recibido, los desvelos cuando nos enfermábamos, las historias sin fin que me contaba en las tardes de lluvia o al acostarme, cuando nos enseñaba las canciones y los juegos tradicionales, pero sobre todo los valores enseñados sin regaños ni sermones, sino con actos y actitudes ante la vida, en fin, cómo aprendí con su ejemplo de vida más que con discursos y sermones a ser como ella buena esposa, ama de casa, mamá y ahora abuela.
Gracias a que me platicaba recuerdos de su niñez aprendí historia, geografía, cocina y muchas cosas más; en fin gracias ella gocé de mi niñez, fui y soy feliz.
Me entristece ahora el darme cuenta de que muchas de esas cosas, y sobre todo el modo de transmitirlas se nos pasan cuando llegamos a ser mamás. ¡Estamos tan ocupadas en realizar nuestra propia vida y tan confundidas en la manera acertada de educar a esos hijos que Dios nos ha dado y para los cuales queremos lo mejor! Y por todo ello, transitamos por una etapa de nuestra vida en que creemos que “no tenemos tiempo” para formarnos humana y espiritualmente para darle a cada cosa su valor, pues un sin número de actividades que a esa edad nos parecen “muy importantes” para nuestro desarrollo económico, cultural y social nos traen todo el día contra reloj.
Sin embargo, tengo la certeza de que afortunadamente ahora, siendo abuela, se me presenta una segunda oportunidad de decir y transmitir todas esos valores y experiencias que creo que son valiosas para el desarrollo de mis nietos.
A nuestros hijos y nietos, les ha tocado vivir un mundo en el que existen corrientes que los pueden arrastrar si no tienen bases firmes, pues es una realidad desafortunada que nos desenvolvemos en un ambiente que puede llevarnos a la pérdida de nuestros valores. Somos entonces los abuelos a quienes nos toca transmitir esos valores y actitudes de vida pues tenemos el tiempo que a ellos se les perdió.
Bajo ningún concepto nos podemos permitir dejar de luchar, para que nuestros nietos reciban la mejor educación y formación posible, en el aspecto familiar, religioso y social.
Las condiciones actuales de las familias en las que se busca todo lo superfluo y en las que falta el sentido de “vivir una vida para trascender”, reducen en los padres los tiempos vividos en común y la comunicación en la familia, trayendo como consecuencia el empobrecimiento del diálogo entre los esposos y en la familia.
Es por eso que los abuelos jugamos un papel muy importante pues somos una segunda referencia, si es que lo hemos hecho bien, aportando virtudes y valores humanos, normas de convivencia, formas de ver la vida de modo diferente a los padres. Así podemos colaborar en el desarrollo de los hijos o de los nietos. Máxime si en esa casa, nos encontramos con problemas de alcohol, maltrato familiar, sexo o drogas.
Podemos dirigir las acciones, dando a cada uno de los nietos un mensaje lleno de amor y cariño, nunca ordenando o interviniendo en la educación que les dan sus padres ya que los abuelos miramos diferente. Con nuestra experiencia ya sabemos que un abrazo enseña más que toda una biblioteca y somos expertos en disolver angustias cuando el niño siente que el mundo se derrumba. Tenemos muchas otras ocasiones de influir en la familia, aportando con prudencia nuestras experiencias, para que ésta sea mejor.
Sin embargo, llegará el momento en que sólo nos quedaremos mirando desde lejos y rezando mucho para que escojan bien en la búsqueda de la felicidad y que la conquisten del modo más completo posible.
El secreto es esperar… Los nietos son el cariño sin prisa, ese cariño que dimos a nuestros hijos pero que parte de él se quedó guardado para transmitirlo a los nietos; la alegría que a veces no tuvimos en los propios hijos. Por eso es que los abuelos damos tan incontrolable cariño sin medida. Los nietos son la última oportunidad de dar nuestro afecto sin pausas y sin prisas, pero sin echar a perder.
Y que no se te olvide…
Los abuelos somos ejemplo de vida, sabiduría y experiencia. Facilitemos las cosas para que nuestros nietos acudan a nosotros, llenándolos de amor cada vez que podamos y fomentando nuestra relación con ellos, ya que llegar a ser abuelos es un verdadero privilegio.


