En colaboración con Rosa María Rodriguez
El matrimonio es un compromiso afectivo, espiritual y social pensado para proyectar, compartir y disfrutar, en un marco seguro y transcendente.Cuando se decide formalizar la relación de pareja cada cónyuge aporta un contrato individual, no escrito y en muchos casos ni siquiera conversado, que implica un conjunto de expectativas y promesas conscientes e inconscientes.
En mi experiencia como terapeuta, la palabra “contrato” provoca reacciones de rechazo tanto en parejas que están por iniciar una vida juntos como en aquellas que ya llevan años constituidas, las reacciones van desde: “suena a obligación”, “parecen los acuerdos económicos que firman los famosos”, “¿dónde queda el amor?”, etc. Pero aunque suene extraño, la posibilidad de formular un contrato comprensible, satisfactorio y practicable para ambos miembros de la pareja, promueve el bienestar de la relación. Por esto es tan necesario el darse la oportunidad como pareja de platicar sobre las expectativas que cada uno tiene antes de llegar a concretar la relación.
¿CÓMO ELABORAR UN CONTRATO ÚNICO Y CONJUNTO?
Primero es necesario reconocer que cada uno de los miembros de la pareja tiene en mente un contrato individual, es decir una serie de deseos y expectativas que responden a las preguntas ¿qué quiero recibir? y ¿qué estoy dispuesto a dar? Entre las ideas más comunes se encuentran las siguientes:
- Un compañero fiel, devoto, amante y exclusivo
- Una compañía que nos asegure contra la soledad
- Una medicina contra el caos y la lucha de la propia vida
- Una relación que debe durar “hasta que la muerte nos separe”
- La creación de una familia
- La inclusión de otras personas dentro de la nueva familia: hijos, progenitores, amigos, etc.
- Tener un hogar donde refugiarse
- Unirse a una familia más que a un compañero
- Una posición social respetable
- Una imagen protectora que nos inste a trabajar, a construir
- Constituir una unidad social y económica
También se presenta un contrato operativo de interacción que se refiere a cómo actúa cada uno de los miembros de la pareja para intentar cumplir las expectativas del contrato individual.
Es muy común encontrar cómo cada miembro de la pareja cree que recibirá lo que quiere a cambio de lo que él dará al otro y actúa en consecuencia, sin que se hayan preguntado mutuamente qué es lo que esperan, qué quisieran y en ocasiones terminan actuando según contratos muy distintos e incongruentes. Una queja que escuchamos con frecuencia en las parejas “espera que haga lo que quiere y que además lo adivine”, constituye un ejemplo.
Ya que cada miembro de la pareja ha hecho su contrato individual y ha establecido algunas formas prácticas de llevarlo a cabo, lo conversan entre ambos para llegar a acuerdos flexibles, teniendo muy presente que será necesario actualizarlo ante algunos eventos como la llegada de un hijo, un cambio de trabajo o quizás ante la visita temporal de algún familiar.
La comunicación, la claridad y la flexibilidad son características fundamentales para acordar un contrato matrimonial que contribuya a facilitar la interacción de la pareja, más siendo éste uno de los principales vínculos en los que se depositan de forma intensa y compleja muchas emociones.


