En colaboración con Cecilia Elizondo L.
El hombre del Siglo XXI está en una constante búsqueda de sentido, de orden existencial, de justicia…en una palabra de “Vida Espiritual Profunda”- El hombre actual está sufriendo un desequilibrio intenso en lo referente a la atención de su cuerpo (materia) y de su alma (espíritu).
Actualmente atendemos, en términos generales, de manera extrema nuestra parte corporal, material. Hay una sobre atención a la figura del cuerpo, a la imagen, rendimiento intelectual, capacidad económica, al poder, la fama, el éxito, el placer…y esto, aunque es bueno y necesario, cuando se lleva al extremo, desequilibra la balanza entre “cuerpo y alma”.
¿Qué pasa con la parte espiritual? ¿Qué es lo que aporta o qué sentido tiene? ¿Qué consecuencias trae su descuido o incluso su olvido?
La Espiritualidad en el ser humano es la que permite la trascendencia a niveles más perfectos y que, consecuentemente, permite una felicidad interior, tranquilidad, paz y plenitud humana. Es la que en última instancia, llena el posible vacío existencial.
Actualmente el hombre en general vive un desequilibrio interior tal que le impide sentirse pleno, hay una sensación general de vacío, de falta de sentido, de tristeza…que orilla al hombre a buscar respuestas en otros sitios que lo confunden más y lo dejan igualmente vacíos.
Vivir una Espiritualidad plena es lo que daría al hombre actual esa respuesta que está buscando.
Y bien, ¿en qué consiste la Espiritualidad? Consiste en vivir la vida cotidiana en presencia de Dios, en sintonía con Él. Es darle una connotación sobrenatural y trascendente a las actividades de mi vida diaria: trabajo, amigos, estudios, matrimonio, noviazgo, entre otras. Es buscarle un sentido que va más allá de lo meramente humano y trivial a mis actividades diarias; y lo más peculiar en todo esto es que cuando vivimos así, la vida común y humana se transforma y nos hace plenos.
¿Quién es responsable de fomentar esta Formación Espiritual?
Sin lugar a dudas la Familia es la responsable y es quien tiene como misión y vocación, llevar a cabo esto en cada uno de los miembros que conforman a la familia.
Es en la Familia donde el hombre aprende a amar, a dar, a servir. Es en la Familia donde siente la plena confianza de ser auténtico, de sentirse apoyado, de sentirse amado. Es en la Familia donde el hombre aprende a relacionarse con Dios, con ese Ser Trascendente al que busca de una manera espontánea.
Es en la Familia donde el hombre descubre su potencial espiritual, es donde conoce a Dios y empieza a amarlo y a descubrirlo. Podría decirse que la Familia es un Santuario de Nobles Ideales.
Es por esto que invito a todas las Familias, grandes o pequeñas, jóvenes o maduras, de la ciudad o del campo a ser conscientes de la gran Responsabilidad y Oportunidad de formar con ahínco y esperanza esa Espiritualidad en cada uno de los miembros de su familia. Posiblemente le dedicamos mucho tiempo, dinero y esfuerzo a cuestiones humanas y materiales, sí, son necesarias, pero no descuidemos lo fundamental, lo que sí trasciende, lo que perdura, lo que tiene sentido de eternidad.
¿Cómo lo podemos hacer?
- Con dedicación, amor, ejemplo y alegría
- Invitando a Dios a ser parte esencial de nuestra familia
- Viviendo la alegría, el optimismo, la generosidad, la entrega, entre otras, como Virtudes habituales de la Familia
- Vivir un ambiente de oración y reflexión.
Termino con este pensamiento:
“El hombre es el viajero, el vehículo es la Familia, el destino es Dios”
Ojalá que nuestra familia sea un vehículo seguro y digno para la entrega del regalo más valioso, un hijo, a su destino final: Dios.


