Colaboración de Estela Díaz Estrada
Cuando te llega una enfermedad, como no estás preparado para ello, el impacto es muy importante en lo personal y también en toda la familia. Yo fui diagnosticada con Hipertensión Pulmonar, y requiero de usar 16 horas de oxigeno diarias. Este fue un gran impacto en mi vida. Por eso quiero que me escuchen.
La Hipertensión Pulmonar es según los médicos una presión anormalmente alta en las arterias de los pulmones, causando que el lado derecho del corazón se esfuerce más de lo normal para bombear la sangre del organismo
Me dijeron que mis pulmones no estaban trabajando coordinadamente con mi corazón y que como uno de mis pulmones estaba dañado, no tenía un funcionamiento correcto en relación con la sangre y por eso en este trabajo de equipo entre mis pulmones y mi corazón, uno de los dos se esforzaba más en su trabajo. Antes de este diagnóstico, cuando empecé a sentirme mal, era porque al caminar me faltaba la respiración, subir las escaleras se me dificultaba cada vez más y cuando tomaba mis alimentos iba perdiendo la fuerza.
Los médicos me explicaron que para mejorar tendría que hacer uso del oxígeno y tomar en orden los medicamentos, así como mejorar mi alimentación y hacer ejercicio diariamente para que la enfermedad no siguiera avanzando.
El hecho de tener esta enfermedad me causó un duelo. Esto fue un parte aguas en mi vida. Sentí tristeza, impotencia e ira. Me desgasté preguntándome ¿Por qué a mí? ¿Por que tengo que pasar por esta situación? Y no encontraba respuesta.
Entonces le pregunté a Dios “¿Por qué Señor? ¿Por qué me pasa esto?” y ahí empezó mi diálogo interno con El. Sentí que me escuchó y entonces una fuerza de paz invadió mi espíritu. Me abandoné en esa sensación de tranquilidad y dije “Dame entonces la fuerza para soportarlo”.
Mi familia me decía que el mantenerme durante 16 horas atada a una máquina para recibir oxígeno, era lo mejor para mi salud, aunque podía leer en su semblante y sus miradas que sentían tristeza por lo que me estaba pasando. Se hizo entonces evidente para mí que debía vencer mis propias emociones y hacerme consciente de la responsabilidad de cuidar mi salud, porque en este crucigrama yo no estaba sola, ni era la única palabra.
Esto me lastimaba tanto que tuve que asistir con un psicólogo para que me ayudara a dar una correcta dimensión de lo que me estaba pasando. Él me aconsejó que no hay nada mejor que estar lo más saludable posible y que yo tratara de ser positiva siempre porque de esa manera, con esa actitud, cooperaría con mi organismo. Fue un largo camino hacia la aceptación y el cambio de hábitos de vida. Hoy sigo las instrucciones médicas y gracias a eso mi enfermedad está estabilizada y controlada.
Estoy convencida de que haberme hecho consciente del dolor emocional y espiritual que me causaba la enfermedad, fue lo mejor para mi vida y la de mi familia. Hoy entiendo que es importantísimo cuidar de mi salud, y que para ser feliz es necesario cuidar de estas cuatro áreas: física, mental, emocional y espiritual, pues con esto se ayuda también a la familia.


