Hablemos Sobre la Castidad

Colaboración de Pbro. Dr. Fernando Franco Alfaro

Si partimos de un concepto maniqueo de la sexualidad, la castidad será una virtud que induce a la intensa abstención sexual como una afirmación del espíritu sobre la materia. 

Si partimos de un concepto freudiano de la sexualidad, la castidad será una actitud interior, producto del ambiente, que prohíbe los impulsos más espontáneos; por lo tanto fuente de trastornos y frustraciones con sus consecuentes resultados de formas neuróticas que afectan el equilibrio de la personalidad. 

Pero la castidad no hay que entenderla como una negación, represión o supresión de lo que es la sexualidad humana. Más bien es una virtud que capacita a la persona para transformar la potencia de la sexualidad humana en una fuerza creadora e integradora dentro de su propia vida. Facilita la realización del propio ser: varón o mujer que  fomenta la integración personal junto con los demás en la comunidad humana

Desde la perspectiva del personalismo cristiano, la castidad hace posible el desarrollo intrapersonal e interpersonal, invitando a dar una respuesta activa a las posibilidades que ofrece la sexualidad. La represión, anulación o negación de estas posibilidades constituyen una desviación de esta virtud en la misma medida que la búsqueda inconsiderada del placer como finalidad última de la vida.

La tarea de convertir la propia sexualidad en una fuerza creadora e integradora hace que la adquisición de la virtud de la castidad se convierta en un reto permanente. Entonces, una educación para la castidad como virtud, exige: 

1.- Un conocimiento claro y exacto del significado de la sexualidad humana. 

2.- Una aceptación positiva de la propia sexualidad como don de Dios fundamentalmente; ello implica rechazar toda noción de la sexualidad como mala.

3.- El respeto debido a la sexualidad como medio de comunicación interpersonal y no como simple realidad biológica, física, genital o emocional. 

4.- El reconocimiento de que el propósito de alcanzar la castidad exige comprometerse en un proceso que durará toda la vida y que estará caracterizado por la actitud abierta ante los desafíos y riesgos que implica la sexualidad; ello hace que la paciencia y la perseverancia sean importantes para quien se propone conseguir la virtud de la castidad. 

5.- El desarrollo de una profunda vida espiritual, será la fuente indispensable de la necesaria fortaleza y perseverancia en el propósito para lograr la virtud de la castidad. 

6.- La integración creadora de LA propia sexualidad no se logra sin lucha; una sana dosis de ascetismo y autodisciplina deberá acompañar necesariamente al esfuerzo por mantener la propia sensibilidad y capacidad de respuesta sexual, sobre todo en momentos en que se impone el dominio de sí mismo y la renuncia a la expresión sexual, como medio más eficaz para afirmar la creatividad y la integración de la personalidad. 

La castidad nos invita a la búsqueda generosa del desarrollo hacia la integración de la personalidad, que es el fin de la sexualidad humana. Y esto es válido para todas las formas de vida; para los casados, los solteros y los célibes. Es evidente que cada estado de vida exigirá expresiones distintas de este don de la sexualidad. La tarea es descubrir el medio más eficaz de utilizar la fuerza de la sexualidad en cada estado de vida hasta lograr el desarrollo creador hacia la integración.

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